Un porcentaje significativo de las consultas de una médica de
familia tienen que ver con la crisis del cuidar: personas con malestares o
dolencias leves que encontrándose mal, se sienten necesitadas de los cuidados
de los que no disponen al hacerse patente su fragilidad y su contingencia;
hombre y mujeres que no tienen a quién contar su ruptura sentimental, o con
quién compartir su dificultad para manejar una crisis vital o de pareja, o el
dolor por el fallecimiento de un ser querido, o la sobrecarga que soportan con
la dependencia de un familiar. A los trabajadores sanitarios en principio nos
gusta cuidar, pero esta crisis de los cuidados afecta también de lleno a
nuestras profesiones, deslumbrados como estamos por el poder y la comodidad de
la tecnología, frente a la implicación personal.
Cuidar es escuchar, preguntar, tratar con ternura, sonreír, hacer
partícipe de alegrías y penas, lavar, dar de comer, llevar a pasear, llamar,
visitar, reconocer el sufrimiento, acogerlo, ayudar a dimensionarlo,
acompañarlo, tocar, estar, acariciar, callar, permanecer, abrazar, besar,
respetar los ritmos, irse en el momento adecuado. Ninguna de
estas cosas requiere formación ni el uso de tecnología avanzada. Muchas de
estas acciones sólo las puede realizar alguien afectivamente cercano. Además
resultan más gratificantes y terapéuticas si se hacen desde el afecto gratuito.
Necesitamos cuidados cuando sufrimos, pero también en lo cotidiano. De ahí que
mucho dolor del cuerpo y del alma venga de la falta de cuidados.
A cuidar se aprende cuidando y
siendo cuidado, requisitos al alcance de todos, salvo dolorosas excepciones.
Sin embargo de cuidar saben infinitamente más las mujeres, no porque tengan
unas cualidades genéticas especiales, sino porque lo ponen en práctica a
diario.
Cuidar no está de moda; los trabajos de cuidado están
invisibilizados o menospreciados social y salarialmente; las ayudas a la dependencia, el único reconocimiento para
quienes (casi siempre mujeres) cargan sobre sus espaldas el trato digno de los
que no valen o ya no pueden a los ojos de esta sociedad, han sido arrasadas por
unas políticas en las que las personas no son el bien fundamental a conservar y
cuidar con inversión sino un gasto a minimizar.
Al neoliberalismo y a la
posmodernidad los cuidados sólo le interesan como negocio o como paliativo de
lo disfuncional. El culto al yo y el hiperconsumo que promueven nos hacen
olvidar nuestra interdependencia. Cada uno puede y debe bastarse y, cuando no,
ahí está el mercado. Pagar (directamente o por impuestos) por ser cuidados, a
la vez que nos “ahorra” la “deuda” por lo recibido gratuitamente, nos impide el
aprendizaje de “cómo hacerlo” sin ser profesional y nos desresponsabiliza del
cuidado de otros.
Todos necesitamos que nos
cuiden. Pero no tendremos alternativa al cuidado por contrato y el cuidador
(muy frecuentemente mujer) nunca podrá ser cuidado si no ponemos en marcha el
engranaje de los cuidados mutuos.
Cuidar no es glamuroso, nos conecta con nuestras miserias y
nuestra vulnerabilidad. Cuidar puede tener efectos secundarios, nos gasta, puede
conmovernos, puede comprometernos, puede transformarnos. Perosin cuidados el mundo se
deshumaniza y el ser humano pierde dignidad.
Y finalmente, para cuidar hace
falta tiempo, el tiempo que no tenemos. Quizá es hora de dejar de hacer para
poder hacer. ¡Cuidémonos!
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